Defender medidas extremas y extrajudiciales que violan derechos humanos y el estado de derecho en nombre de la conservación de la naturaleza no solo no es ético y equivocado, es una forma de colonialismo.

Akash Orang, un niño indígena, lucha ahora por volver a caminar tras haber sido disparado por guardaparques en Kaziranga.Akash Orang, un niño indígena, lucha ahora por volver a caminar tras haber sido disparado por guardaparques en Kaziranga.

© BBC

Todas las personas occidentales que abogan por conservar la naturaleza deberían plantearse una sencilla pregunta cuando valoran la política conservacionista de “disparar en el acto”: ¿apoyaría estas tácticas en el patio trasero de mi casa?

En el Parque Nacional de Kaziranga los guardas disparan en el acto a los sospechosos de caza furtiva. En un reciente informe de la BBC uno de ellos declaró que tienen la orden de disparar a cualquiera que merodeara por los, con frecuencia sin demarcar, límites del parque. Se estima que han matado a 106 personas en los últimos veinte años, entre ellos a un joven tribal con una discapacidad severa que se encontraba buscando a una vaca extraviada. El pasado verano también lisiaron de por vida a un niño de siete años.

La justificación esgrimida es que esa política disuade a los cazadores furtivos y protege a la vida silvestre. Estas víctimas civiles se consideran “daños colaterales”: lamentables, pero necesarias en la batalla para proteger a animales como el rinoceronte indio (de un solo cuerno) y el tigre de Bengala. Y esto no ocurre solamente en la India: diferentes modalidades de disparar en el acto parecen practicarse ahora en Kenia, Tanzania, Botsuana, Suazilandia y otros países.

En el Parque Nacional de Kaziranga los guardaparques están autorizados a ejecutar a sospechosos, sin juicio de por medio.En el Parque Nacional de Kaziranga los guardaparques están autorizados a ejecutar a sospechosos, sin juicio de por medio.
© Survival

Pero merece la pena preguntarse: ¿se mostrarían tan indiferentes los expertos en conservación de la naturaleza si fuera en su propio país donde se disparara a personas sin juicio previo? ¿Echarían por tierra con tanta rapidez los derechos humanos y el estado de derecho para con sus compatriotas en casa? ¿Apoyan que se aplique la pena de muerte allí donde residen y, si lo hacen, piensan que esta puede aplicarse sin ningún tipo de proceso judicial de por medio? ¿Les parecería bien si funcionarios armados y uniformados dispararan a sus hijos mientras estos caminan cerca de sus hogares?

Sospechamos que no.

El apoyo occidental a esta despiadada política no es, ni más ni menos, que una forma de colonialismo verde. Los conservacionistas practican una doble moral cruel: defienden los derechos humanos y los juicios justos en Europa y Norteamérica y, sin embargo, mantienen una “guerra abierta” contra los cazadores furtivos y otros criminales medioambientales en el extranjero, en antiguas colonias europeas en Asia y África. Es fácil deshacerse de los pobres, personas indígenas de otra “raza” y hablar de “daños colaterales desafortunados” cuando son asesinados o mutilados en nombre de la conservación de la naturaleza. Pero resulta impensable imaginar, ni siquiera considerar y mucho menos tolerar, una política de disparar en el acto a “cazadores furtivos” en lugares como el Coto de Doñana en España, el Parque Nacional Distrito de los Lagos en Inglaterra o el Parque Nacional de Yellowstone en los Estados Unidos.

Es el racismo el que lleva a los occidentales a sentirse cómodos con la práctica de disparar en el acto. Según muchos adinerados expertos en conservación de la naturaleza, no puedes fiarte de las personas que viven alrededor de los parques nacionales. Desconocen las ciencias medioambientales y aprovecharán cualquier oportunidad para involucrarse en la caza furtiva. Lo que necesitan son “expertos”, incluidas grandes y poderosas organizaciones con sede en Europa o América, para que les gestionen sus territorios y eviten que acaben destruyendo su propia tierra.

En Survival International no compartimos esta visión del mundo. Reconocemos que los pueblos indígenas y tribales dependen de sus tierras, de las cuales han cuidado durante milenios. Son los mejores conservacionistas y guardianes de la naturaleza, y no necesitan que les impongan políticas peligrosas e inmorales. Quienes se erigen como conservacionistas de la naturaleza deberían pensarse muy seriamente su apoyo a políticas autoritarias como la de “disparar en el acto”.


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