En 1992 nació el Parque Yanomami en Brasil. Es la mayor zona de selva protegida del mundo; también es la mejor respuesta a los críticos que dicen que cualquier esfuerzo para proteger a los pueblos indígenas es inútil.

El parque salvó a los yanomamis y su creación fue posible con recursos modestos: un puñado de personas convencidas y el apoyo de la opinión pública compensaron la falta de dinero. Podemos, y debemos, conseguir victorias parecidas en otros lugares con ingredientes igualmente modestos.

Los yanomamis, que se reparten a ambos lados de la frontera entre Brasil y Venezuela, son un pueblo amazónico relativamente típico, excepto en una cosa: su tamaño numérico. Hay varios subgrupos con nombres diversos (yanomami es simplemente el más conocido entre los extranjeros) que agrupan en total a unos 19.000 individuos en Brasil y 13.000 en Venezuela. Es un número unas cincuenta veces mayor que la mayoría de las tribus amazónicas, y los yanomamis son, de entre los pueblos sudamericanos que viven relativamente aislados de la sociedad dominante, uno de los más grandes.

La historia de su “parque” comienza en 1968, cuando una pareja de antropólogos, Alcida Ramos y Kenneth I. Taylor, comenzó a desarrollar una serie de propuestas para que el Gobierno protegiera la tierra yanomami. Las propuestas contaron con el apoyo de Robin Hanbury-Tenison, miembro de Survival International, en Brasil en 1971. Al año siguiente se le unieron otros fundadores de Survival, John Hemming y Francis Huxley, en una misión de la Sociedad para la Protección de los Aborígenes.

Diez años después, la fotógrafa Claudia Andujar y el misionero Carlo Zacquini, junto con otras personas entre las que se encontraba el antropólogo Bruce Albert, formaron el Comité Brasileño para la Creación del Parque Yanomami (CCPY por sus siglas en inglés), mientras que Survival International comenzaba a establecer contactos con organizaciones en Estados Unidos y Europa para conseguir que la campaña fuera todo lo internacional posible.

El momento clave llegó en 1989. Ese año, en el que Survival ganó el Right Livelihood Award (conocido como el “Premio Nobel Alternativo”), pedimos a los yanomamis que nos acompañaran como representantes en la ceremonia de entrega del premio. La idea era arriesgada. Ningún portavoz yanomami había salido antes del país, aunque había uno que llevaba años articulando las demandas indígenas internamente: Davi Kopenawa, que entonces tenía 33 años, había aprendido portugués con los misioneros y había viajado mucho por Brasil. ¿Pero cómo reaccionaría ante Londres en diciembre o el helado Estocolmo con sus seis horas de sol bajo y pálido y noches que comienzan a la hora de comer? Tendría que hacer horas de entrevistas para prensa escrita, radios y televisiones. Sin experiencia fuera de Brasil, ¿entendería que era necesario? Es más, ¿estábamos nosotros seguros de que tendría impacto? Desde luego, sabíamos que no sería fácil.

La idea era impensable sin Claudia Andujar. Como alguien que había fotografiado en profundidad la vida en familia de los yanomamis, conocía bien a Davi y había vivido en comunidades yanomamis durante muchos años. Podía traducir al inglés con facilidad y los problemas y el riesgo no le eran ajenos: había escapado de la Hungría bajo ocupación nazi siendo una adolescente (su padre fue asesinado en Dachau), y su convicción antinazi era la fuerza motriz de su implicación con el movimiento de apoyo a los indígenas.

Al aterrizar en Heathrow, primero los llevé al oeste de Inglaterra durante algunos días para que se aclimatasen. Davi parecía relajado, aunque su mente iba a mil por hora. Mientras pasaba el dedo por el techo helado del coche, anunció que ahora entendía por qué los blancos eran de ese color: se debía al frío y a la falta de sol. Fue la primera de una serie de observaciones hechas en el proceso de encajar cada nueva experiencia con su percepción de chamán. Han continuado con el paso de los años, en visitas que hemos hecho a Stonehenge y Avebury (de especial importancia), a los túmulos de la Edad de Hierro (estremecedores), a los frescos de Giotto en Padua (nada interesantes) y al espectacular techo de la catedral gótica de Milán (atractivo, a diferencia del resto de la ciudad). Al igual que la mayoría de indígenas amazónicos, Davi piensa de nuestras ciudades, en general, que son salvajes y hostiles.

No hay duda de que la excitación provocada por el primer viaje internacional de Davi impulsó la campaña a otro nivel. En pocos meses, el Gobierno brasileño abrió la región yanomami a organizaciones que antes tenían prohibida la entrada, y equipos de la CCPY asumieron formalmente el control del programa médico. El nuevo presidente de Brasil se embarcó en un tour mundial durante el que se encontró una y otra vez con entregas de cartas y peticiones orquestradas por Survival. Su ministro de medio ambiente declaró que el país estaba “siendo crucificado” en la escena internacional. Crecieron las manifestaciones y concentraciones. El príncipe Carlos se saltó el protocolo, para consternación del Gobierno británico, y se unió al sentir general en un discurso en Kew Gardens en 1990, en el que calificó la situación de los yanomamis de “patrón de genocidio colectivo”.

Dos años después, el Gobierno capituló finalmente y designó el territorio yanomami, casi en su totalidad, como un “parque” indígena. Fue una impresionante victoria en la que pocos de los implicados en la causa se habían atrevido a creer.

Por supuesto, la historia no acaba aquí, y continuará mientras sigan existiendo yanomamis. En los años ochenta, los buscadores de oro ilegales comenzaron a invadir su tierra y trajeron consigo la letal malaria cerebral. Uno de cada cinco yanomamis murió en tan solo siete años, algunos de ellos en episodios violentos. El año siguiente a la creación del parque, un grupo de mineros atacó una comunidad indígena en Haximu. Murieron hombres, mujeres y niños. Afortunadamente, la red brasileña, junto con la internacional de Survival, respondieron contundentemente a cada nueva atrocidad. En una anterior, los asesinos habrían podido continuar asesinando. En ese momento, el Gobierno los condenó por genocidio y expulsó a la mayoría de los mineros.

Los yanomamis tendrán que mantenerse siempre vigilantes y alerta para proteger su territorio, y seguirán necesitando la ayuda de voces del exterior. Pero, al contrario de las predicciones que se hicieron en los años setenta y ochenta, hoy los indígenas siguen ahí. Davi cree que sin Survival International no quedarían yanomamis.

Como ya he dicho, la idea de que los pueblos indígenas y tribales no tienen futuro es uno de los principales obstáculos a los que se enfrentan. Ya es hora de que los profetas del Apocalipsis echen un vistazo a las pruebas de las grandes victorias pasadas por los derechos humanos, como el fin del comercio de esclavos y del apartheid: el futuro de los pueblos indígenas también depende de que la opinión pública insista en que el derecho humano fundamental, a la vida por sí misma, no puede seguir siendo sacrificado en el altar del dinero.

No es una lucha entre la “preservación cultural” y la “modernidad”. Los yanomamis continuarán cambiando con el paso del tiempo, como el resto de pueblos. Es una lucha entre si realmente creemos en el imperio de la ley y en el derecho a vivir, o si tan solo son palabras que nos facilitan la aceptación de las numerosas injusticias y crueles divisiones que caracterizan, cada vez más, al siglo XXI.

Aquellos que están siempre ensalzando los beneficios de “nuestra civilización” se olvidan a menudo de mencionar que la sanidad, educación, trabajos, justicia, etc. de calidad solo son accesibles a un sector particular, con frecuencia minoritario, de la población, incluso en los países más ricos. Hay mucha más miseria, violencia y muerte precoz en las barriadas brasileñas, en la guerra del narcotráfico en México y entre empobrecidos indios estadounidenses y aborígenes australianos de la que hay en la Amazonia indígena.

Puede que la aserción de que los pueblos indígenas no tienen salvación sea errónea, pero desde luego es una profecía auto-cumplida. No se salvarán a no ser que haya suficientes personas que crean que es posible, y que estén dispuestas a unir sus voces a los movimientos y campañas que existen para ayudarlos. Por el momento, a los yanomamis no les va mal: ahora el centro de atención son los awás, una tribu mucho más pequeña del este de Brasil con una historia muy similar. Se supone que sus tierras ya están protegidas, pero esta protección en realidad no se cumple, y están siendo asesinados por los madereros. Otro genocidio que puede evitarse.

Stephen Corry trabaja en Survival International desde 1972. En 2014 se publicó en español su libro introductorio Pueblos indígenas para el mundo del mañana.