Distingamos entre realidad y mitos.

Cuando el año pasado aparecieron los restos calcinados de un turista alemán en la selva de Nuka Hiva, una de las principales islas del archipiélago de las Marquesas, en el Pacífico Sur, las historias sobre “canibalismo” surgieron por doquier. Los medios se llenaron de menciones de los rituales caníbales que supuestamente practican los pueblos indígenas.

Esto es periodismo inconsciente, estereotipador y peligroso. En la mayoría de casos los medios ni siquiera pueden establecer el más tenue hilo de conexión entre la historia (en este caso, el turista alemán muerto) y las prácticas culturales indígenas. Y si solo se pueden establecer conexiones burdas, ¿por qué no vincular a las “gentes de las Marquesas” con un hombre ruso que fue encarcelado en 2009 por comerse a su madre, o a un alemán que se había comido a su amante algunos años antes? Al fin y al cabo, este horripilante comportamiento no es más frecuente entre los indígenas de las Marquesas que el asesinato y el canibalismo entre los rusos y los alemanes. “Los marquesinos están dolidos, no entienden cómo ha podido ocurrir algo tan horrible. Por favor, no juzguen a la Polinesia Francesa solo por este hecho, ¡podría ocurrir en cualquier parte! Gracias por leerme”, decía un comentario desde Tahití en la web del Daily Mail.

La cuestión es que en toda sociedad pueden darse, y se dan, comportamientos desviados, crueles y psicópatas. El alemán de Nuka Hiva tuvo la mala suerte de toparse con un individuo profundamente trastornado. Pero esto, casi con toda seguridad, no significa que los compatriotas del culpable sean igualmente crueles. No hay ni un solo testimonio verificable o creíble, en ninguna parte del mundo, acerca de un indígena que se haya comido a alguien después de matarlo como algo fruto de su cultura. “Algunos científicos sociales de hecho piensan que todos esos testimonios son un mito”, explica Stephen Corry, director de Survival International.

Los mitos son buenas historias para la audiencia y un problema para los pueblos indígenas; en el origen de su destrucción encontramos, precisamente, la promulgación y perpetuación de prejuicios. En todo el mundo, los pueblos indígenas han sido percibidos, y aún lo son, como sucios salvajes y vagabundos atrasados pertenecientes a sociedades arcaicas y condenadas a desaparecer. Que los pueblos indígenas sean considerados como estorbos salvajes e inútiles es muy conveniente para aquellos que no están interesados en sus complejas y cambiantes sociedades, sino que solo ansían conseguir los minerales bajo su suelo, los árboles que los rodean y el oro que navega en sus ríos.

Recientemente se publicó un libro de canibalismo medicinal. Describe las prácticas, poco conocidas, de la “medicina de cadáveres” europea. “El canibalismo no se encuentra tan solo en el Nuevo Mundo, como se cree habitualmente, sino también en Europa”, escribe el autor británico Dr. Richard Sugg. “El tema del canibalismo medicinal en la medicina occidental dominante ha recibido, sorprendentemente, muy poca atención histórica”.

Pero, ¿es verdaderamente sorprendente que haya recibido poca atención, o se trata de un conveniente descuido? Los miembros de la realeza europea usaban musgo de calaveras humanas como cura para las hemorragias nasales a la vez que denunciaban a los “salvajes” con los que se encontraban en el “Nuevo Mundo”.

En otras palabras, el canibalismo nunca se ha visto como algo propio del mundo “civilizado”, sino (de nuevo, cuán conveniente) como prueba del salvajismo de los pueblos indígenas. “Nunca nadie que no tuviera un interés personal (normalmente, el dominio colonial sobre las tierras indígenas o vender un libro o una película) ha informado nunca de canibalismo, entendido como la costumbre de comerse a las personas como alimento”, denuncia Stephen Corry de Survival International.

Si los pueblos indígenas siguen siendo retratados como “salvajes” o “de la Edad de Piedra”, caníbales o no, acabará calando en la opinión pública. Las descripciones negativas alimentan los estereotipos negativos que apuntalan graves y sistemáticas violaciones de derechos humanos, entre ellas el genocidio. Trágicamente, cuando se trata de pueblos indígenas, demasiado a menudo los medios se centran en los mitos sobre las tribus. Los artículos no se construyen sobre la base de hechos probados, como que fueron los indígenas quienes desarrollaron algunos de los alimentos básicos del mundo (la mandioca o yuca y la patata son algunos ejemplos); o que una de las mejores maneras de proteger las valiosísimas selvas del planeta es garantizar los derechos de propiedad territorial de sus guardianes indígenas, ya que su detallado conocimiento es extremadamente relevante para un mundo tambaleante a causa del cambio climático; o que si no fuera por su sabiduría botánica, muchos compuestos medicinales podrían estar aún por descubrir.

Sería más objetivo (y ético) leer artículos que se concentraran en el hecho de que existen, en un mundo cada vez más homogeneizado, pueblos que aún viven en armonía con su entorno, que miden el tiempo por los ciclos de la luna, que pueden sentir cambios minúsculos en el clima o en las placas de hielo, y que pueden predecir con exactitud el retorno del ganso en primavera.

“Tantos años llamando al indígena ‘salvaje’ no lo han convertido en uno”, dijo Luther Standing Bear, un sioux oglala. Pero mientras que aquellos con voz pública sigan promoviendo tales ideas, o estableciendo vínculos poco convincentes entre las acciones inconscientes de un psicópata en Nuka Hiva y las prácticas culturales de los pueblos indígenas en todo el mundo, las ideas perdurarán.

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