Por Stephen Corry, director de Survival. Publicado el 2 de abril de 2020.

 

La pandemia de coronavirus es letal, pero ¿es posible que haya algo positivo más allá del dolor? La redes sociales están llenas de imágenes de fauna salvaje ocupando entornos más limpios donde no se la veía en años. Delfines nadando en los canales venecianos… ¡uy! Solo que no es Venecia sino cerca de Cerdeña, donde se les suele ver a menudo. ¿Cisnes? Sí, pero siempre estuvieron ahí. Puede que los canales estén más limpios pero la historia que nos han contado es falsa. 

Los hechos importan menos que nuestro ansia por un planeta sin contaminar. Anhelamos un mundo perdido de inocencia juvenil,  así que proyectamos nuestra esperanza en jóvenes activistas. Claramente hay beneficios en la reducción del uso de combustibles fósiles a medida que se cancelan vuelos y los viajes en coche llegan a niveles vistos por última vez aquellos lejanos domingos cuando las tiendas cerraban. Algunos dicen respirar mejor durante una epidemia que ataca los pulmones. 

Con seguridad, esto incrementará la insistencia en convertir el 30, o incluso el 50 por ciento del planeta en “áreas protegidas” (AP). Nos dicen que es la respuesta al caos climático y la protección de la biodiversidad: sin gente, sin contaminación… ¿problema resuelto?

Me temo que no: duplicar las AP no aliviará el cambio climático, empeorará las cosas. Al igual que los delfines en el Gran Canal, este llamado “Nuevo Acuerdo Para la Naturaleza” es una ficción. Las AP en lugares como África y Asia a menudo son un desastre. Expulsan a personas de sus tierras ancestrales y las privan de su autosuficiencia, empujándolas a suburbios urbanos y a una economía monetaria hostil. Sufren palizas y los matan si regresan a sus tierras, aunque solo sea para recolectar leña. El resentimiento en estas poblaciones crece. Los más resistentes cortan las vallas y pelean. Es lo que sucede ahora en Kenia donde la conservación se concibe como una apropiación colonial de tierras que enriquece a extranjeros y ONG pero incrementa la hostilidad local. 

Las patrullas armadas de guardaparques no serán suficientes para proteger este modelo colonial de “conservación fortaleza”. Quienes lo promueven predican la sostenibilidad mientras practican un modelo insostenible, porque en una generación no quedará ninguna AP en África, serán sobrepasados por africanos enojados y hambrientos. 

Expulsar a la gente es a la vez criminal y trágico porque los mismos lugareños, normalmente nativos de la zona, son los mejores guardianes de sus entornos. Si no lo fueran nunca habrían prosperado en territorios que consideramos salvajes. Nuestro concepto de naturaleza silvestre tiene raíces en el folklore europeo pero también en la ignorancia supremacista: son los humanos los que han dado forma a esos territorios aparentemente salvajes durante miles de años. 

El mito trae ecos del Edén bíblico, teñido de tonos estigios. A menudo denominado “ecofascismo”, afirma que alguna gente, “extranjeros”, son prescindibles si así se logra un mundo más puro y limpio. Una forma extrema puede leerse en los manifiestos de terroristas racistas como el tirador de Christchurch, pero la misma corriente subterránea dirige bandas en redes sociales que reclaman que los “furtivos” sean sumariamente ejecutados, da igual que algunos sean lugareños tratando de alimentar a sus familias. Hay un tono ecofascista en una broma del expresidente de WWF, el Príncipe Felipe de Edimburgo, que quería reencarnarse en un virus para frenar la sobrepoblación! Ahora nos dicen que el auténtico virus es la humanidad misma, aunque miles de millones consuman muy poco. Y todos hemos visto las películas de naturaleza salvaje en África en las que los africanos están misteriosamente ausentes. 

Esa omisión es consciente, pero parte del vacío es real: ya se ha hecho “desaparecer” a millones de indígenas para dejar espacio a “áreas protegidas”. Duplicar estas áreas implicaría la confiscación de tierras y recursos de cientos de miles más.  Es una mala idea y una locura que terminaría con la conservación. Ya es hora de limpiar el ecologismo de ecofascismo. 

La industria de la conservación debería ofrecer en cambio sus inmensos recursos a comunidades locales que de hecho piden proyectos en sus tierras controlados por ellos mismos. El ochenta por ciento de la biodiversidad está en territorios indígenas y está demostrado que las poblaciones locales consiguen mejores resultados de conservación por una fracción del coste de otras alternativas. Debemos rechazar el ecofascismo y poner la diversidad humana en el centro de la conservación. Tenemos que hacerlo ahora porque aquellos cuyas formas de vida difieren más de la nuestra tienen algunas de las mejores respuestas sobre cómo vivir sin más. 

 

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