Testimonio de Davi Kopenawa sobre la invasión del territorio yanomami por buscadores de oro y la situación de las tribus no contactadas (moxihateteas), originalmente publicado en portugués por el Instituto Socioambiental (ISA) aquí

Davi Kopenawa posa con una copia de la carta que ha dirigido al ministro de Justicia de Brasil, junto con la Fundación Right Livelihood, Survival International y 36 premiados con el Right Livelihood Award (Premio Nobel Alternativo).Davi Kopenawa posa con una copia de la carta que ha dirigido al ministro de Justicia de Brasil, junto con la Fundación Right Livelihood, Survival International y 36 premiados con el Right Livelihood Award (Premio Nobel Alternativo).

© RLA


 


Las cosas están así. Los blancos viven ahora no lejos de nosotros, no han dejado de aproximarse. En la ciudad vecina de Boa Vista ya son muchos, su número ha aumentado sin cesar y ahora se exhortan unos a otros. Se dicen: “¡Sí, vayamos a apoderarnos de los bienes preciosos de la tierra de los yanomamis! Todavía no son verdaderas mercancías, pero son bienes preciosos ocultos en la grava del suelo. ¡Vamos a tomar esas riquezas, así como los árboles del bosque y vamos a instalarnos donde los yanomamis!” Esto es lo que se dicen los blancos y se animan con estas palabras: “¡Venid a Boa Vista! Yo, el gobierno de Roraima os daré trabajo. ¡Dejaréis de ser pobres!” Estas son sus palabras. Con ello quieren intercambiar su dinero y sus mercancías. De este modo, los blancos no cesan de mirar nuestro bosque, tantos como son, para tratar de apoderarse de él. Se dicen: “¡Sí, vamos a sacar dinero del bosque, los yanomamis no saben apreciarlo y por tanto esas riquezas son nuestras!” Así es como hablan los blancos, se animan unos a otros para enviar a los suyos a trabajar en el bosque: “¡Sí, id allí! ¡No temáis! Los yanomamis parecen muchos, pero somos nosotros los que somos realmente muchos. ¡Incluso si atacan con flechas a algunos de nosotros, seguiremos siendo muchos!”


Diciéndose todas estas cosas se han juntado muchos en todas partes, en el bosque, junto a los ríos, en las tierras altas. Entonces han ido a por el oro. Su valor ha subido cada vez más y ellos han seguido creciendo en número sin cesar. Se han dicho: “¡Sí, ahora el valor del oro es muy alto! ¡Vamos todos a la tierra yanomami!” Así es como han penetrado todos, viniendo de todas partes, en nuestro bosque, a través de los ríos, por sus caminos, con sus aviones y sus helicópteros. Así es como están las cosas hoy en día. Han abierto accesos en los cursos de los ríos, por el aire. Han roturado espacios para crear pistas de aterrizaje en todas partes. También han abierto nuevos caminos en el bosque. En la cuenca del río Apiaú, por ahí es donde penetran en gran número. También vienen por el río Parimiú, de donde han sido expulsados, pero han vuelto en todavía mayor número. Existe asimismo otro camino que remonta a lo largo del río Catrimani.


Por el camino del río Apiaú se han aproximado al lugar en que vive el grupo aislado de los moxihateteas. En las fuentes del río Apiaú, donde vive esta gente no contactada, han empezado a atacar y destruir el bosque y sus arroyos. Al principio trabajaban con las manos, pero ahora utilizan máquinas, cuyas piezas traen en helicóptero para ensamblarlas allí mismo. Así es. Los moxihateteas están al tanto y desean estar lejos de los blancos. No conocen a los buscadores de oro y no quieren que estos se les acerquen. Así que han huido repetidamente. Sin embargo, ahora ya no pueden seguir huyendo. Antes se refugiaban en el bosque profundo, lejos de los caminos, y permanecían en campamentos provisionales, como si estuvieran en una expedición de caza lejos de su casa. Entonces, los buscadores de oro empezaron a robar alimentos de sus huertos –yuca, bananas, cañas de azúcar– una vez se habían agotado sus provisiones de arroz, harina de yuca y latas de conserva. Después, guerreros moxihateteas les han lanzado flechas, y buscadores de oro más violentos han querido vengarse disparando contra ellos con sus fusiles. Esto es lo que ha pasado con los moxihateteas aislados y considero que esto está muy mal.


Después han vuelto a huir montaña arriba, pero en esa dirección también se han asentado buscadores de oro, junto al río Catrimani, que no les dejan pasar. Ahora están rodeados. Por eso estoy aquí, para defenderlos. Pero no conozco sus hogares, igual que todos ustedes. Solamente los he visto desde el cielo, desde el avión. Nunca les he ido a ver a pie. Nunca hemos hablado. Por eso estoy tan preocupado. Tal vez pronto todos ellos podrían ser exterminados. Esto es lo que pienso. Los buscadores de oro acabarán sin duda con ellos, matándoles con sus fusiles y con sus enfermedades, con su malaria y sus neumonías. No tienen trazas de vacunas que les protejan, van a desaparecer todos.


Y no son los únicos que habitan en la tierra-selva yanomami. Más allá, en la región de Erico, viven otros grupos no contactados. Son como los moxihateteas. Y también en la otra orilla del río Catrimani, río abajo, en las fuentes del río Xeriuini, hay otros. Otros más en un afluente del río Aracá, en el centro. Por eso luchamos por ellos. Nos inquieta mucho lo que les pueda pasar. Hay otras tribus no contactadas en la selva, cerca de los waimiri-atroaris y bastantes más en toda la Amazonia. Vivían de este modo desde hace mucho tiempo y desean continuar así. Son ellos quienes cuidan de verdad el bosque. Son los moxihateteas y todos los demás pueblos indígenas aislados de Amazonia los que conservan todavía la última selva. Pero los blancos no lo saben porque no entienden su lengua. Solo piensan: “¿Qué hacen allí?” Y cuando llegan los blancos, también vienen con ellos sus epidemias.


Por eso me pregunto: “¿Qué piensan los jefes de los blancos? ¿Acaso no quieren dejarnos vivir en paz y en buen estado de salud? ¿Acaso nos detestan realmente?” Para mí está claro que nos consideran enemigos porque somos distintos, habitantes del bosque. Fuimos creados en la selva amazónica de Brasil y por eso los blancos no nos conocen. Se contentan con atacar y destruir nuestro bosque según les viene en gana. No es su tierra, pero han declarado que les pertenece. Se dicen: “¡Este bosque es nuestro, vamos a sacar el oro de su suelo, talar sus árboles e instalar allí a otros blancos que necesitan tierras, ganaderos y colonos, y entonces vamos a acabar con los yanomamis!” Es incluso más lo que piensan, ¡y ahora es realmente lo que dicen!


El nuevo presidente de Brasil, no digo su nombre. No le digo: “Es usted el presidente, está bien, ¡debe usted protegernos!” Ya conozco su discurso: “¡Que vengan todos los blancos que quieran dinero, los ganaderos, los madereros, los buscadores de oro y los colonos también! Les voy a entregar esta selva para acabar con todos los yanomamis que hay y para que los blancos pasen a ser sus propietarios! ¡Esta tierra es nuestra y es justo! ¡Así es, yo soy el único dueño de esta tierra!” Estas son las palabras de quien en Brasil va de jefe y se hace llamar presidente de la República. Esto es lo que dice realmente: “Soy propietario de esta selva, de estos ríos, de este subsuelo, de los minerales, del oro y de las piedras preciosas. Todo esto me pertenece, así que id a buscarlos y traedlos a la ciudad. Los convertiremos en mercancías.”


Esto es lo que se dicen los blancos y con estas palabras destruyen el bosque desde siempre. Pero hoy están a punto de acabar con lo que todavía queda. Han destruido nuestros caminos, ensuciado nuestros ríos, envenenado a los peces, quemado los árboles y la caza. También nos traen la muerte con sus epidemias. Algunos blancos nos compadecen, pero no así sus jefes, porque dicen que somos animales. Dicen: “¡Son monos, cerdos salvajes!” Sin embargo, son ellos los que no saben pensar. No saben trabajar en el bosque, no conocen su poder de fertilidad në rope. No hacen más que errar de un lugar a otro, destruyéndolo. No quieren conocerlo más que desde lo alto haciendo volar, desde la ciudad, máquinas satélites que miran de pasada los árboles, nuestros hogares, los ríos, las colinas, la belleza de la selva. Después se llaman unos a otros: “¡Sí, venid aquí! ¡Todo Brasil vamos a sacar de allí bienes preciosos! ¡Vamos a acumularlos en las ciudades! ¡Nos convertiremos verdaderamente en el Pueblo de la Mercancía! No seremos pobres, tendremos muchos bienes.” Esto es lo que se dicen entre ellos. Y esto es lo que yo quería explicar aquí. Pero a esa gente no le importa la palabra de quienes defienden a los yanomamis. Sin embargo, a pesar de todo envío este mensaje.


Quisiera que los defensores de los derechos humanos de la ONU puedan contemplarnos y prestarnos un gran apoyo para que las autoridades de Brasil –los políticos municipales, estatales y de la capital–, todos esos blancos de las ciudades, nos respeten y nos dejen en paz. Que comprendan y respeten los derechos de los seres humanos junto con la ONU. Los derechos humanos de la ONU se crearon para defender a quienes sufren. Así que me gustaría que la ONU hiciera un buen trabajo denunciando con fuerza lo que estamos padeciendo para que las autoridades de Brasil respeten a los yanomamis, a los pueblos no contactados y a todos los pueblos que todavía no han sido reconocidos. Mi pueblo debe poder vivir en paz y con buena salud, porque vive en su hogar. En la selva estamos en nuestra casa. Los blancos no pueden destruir nuestra casa, porque si no, esto no acabará bien para el mundo. Nosotros cuidamos el bosque para todo el mundo, no solo para los yanomamis y los pueblos no contactados. Trabajamos junto con nuestros chamanes, que conocen estas cosas, que poseen una sabiduría que entra en contacto con la tierra. La ONU debe hablar así con las autoridades de Brasil para que retire inmediatamente a los buscadores de oro de nuestro bosque, a los que rodean a los pueblos aislados y a todos los demás.