El conservacionismo “fortaleza” o “colonial” deteriora el medioambiente porque expulsa del territorio a las personas que llevan generaciones gestionándolo de forma experta. Le han dado forma, mejorando su biodiversidad, de un modo que los foráneos no suelen comprender.

Además, a menudo se construyen infraestructuras turísticas para favorecer a determinadas especies –habitualmente, grandes mamíferos– en detrimento de la biodiversidad, que se ve afectada. Entre otros muchos efectos cabe mencionar los siguientes: montones de vehículos de turistas estresan a los animales y los acostumbran a la proximidad humana (lo que facilita la caza furtiva); el uso de dispositivos de seguimiento y el desplazamiento de animales tienen a menudo consecuencias letales; y dejar que los herbívoros prosperen sin depredadores puede poner en peligro a otras especies, y finalmente a ellos mismos, cuando las manadas crecen por encima de la capacidad del ecosistema de proveer alimentos suficientes.

Otras empresas con fines lucrativos, como las dedicadas a la minería, la caza de trofeos, la industria maderera etc., se establecen a menudo dentro de las zonas protegidas. Muchas veces lo hacen con la colusión de grandes organizaciones conservacionistas, que están financiadas por esas mismas empresas.

Los antiguos habitantes humanos son maltratados, a menudo gravemente, si intentan penetrar en la zona (aunque sea con fines inocuos como la recolección de plantas medicinales), o incluso cuando no lo hacen. Esto contribuye a que pierdan el interés en que se mantenga su antiguo hábitat.

Expulsados de sus tierras y destruidos sus medios de vida y subsistencia, son reclutados más fácilmente o forzados por guardas forestales y funcionarios corruptos para participar en la caza furtiva que nutre el comercio ilegal de animales salvajes. Los guardaparques maltratan a estos antiguos habitantes, pese a que ellos mismos ganan dinero con la caza furtiva. El ciclo de antagonismo crece.

Y continúa con más y más violencia y el dinero necesario para mantener alejados a los habitantes originales. Sin embargo, en muchos lugares las poblaciones locales están alzando sus voces democráticas y oponiéndose al modelo de conservación colonial, que contiene la semilla de su propia destrucción. A menos que el modelo cambie y priorice los derechos de las personas, no sobrevivirá. Las zonas protegidas están abocadas al fracaso en África, arrolladas por la misma oposición popular que condujo al repliegue del colonialismo.

El hecho de que los pueblos locales/tribales/indígenas sean los mejores guardianes del entorno natural ya no se puede descalificar como la fantasía del “buen salvaje”. Se ha probado una y otra vez. Las grandes organizaciones conservacionistas deben comenzar a dirigirse a la población local con humildad y con justicia, reconociendo su conocimiento superior como guardianes de su propio entorno y ofreciéndoles recursos para mantener sus propias tierras bajo su control. Se trataría de un modelo de conservación mucho más económico y eficaz, y aunque muchas organizaciones afirman ahora que cumplen con ello, nuestras investigaciones demuestran que, de hecho, no lo hacen.

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